13 sept 2011

Si, es el mismo Mauro Rosales

Luego de su poco exitoso paso por River, hoy es figura en su actual equipo, Seattle Sounders FC de la MLS Norteamericana.

Aunque usted no lo crea, el chico que nació hace ya 30 años en Villa María, Córdoba, ese que logró el título Mundial Sub-20 del 2001 y la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Atenas en 2004 (lo que le valió una contratación para el fútbol europeo), es uno de los máximos referentes del fútbol norteamericano.

Llegó a River a mediados de 2007 por el incansable pedido del por entonces DT millonario (actual presidente de la institución) Daniel Passarella y su llegada hizo estallar al mercado de pases argentino, ya que provenía del poderoso Ajax holandés, club donde obtuvo una Copa y dos Supercopas de ese país entre 2005 y 2006. A pesar de esto, su lugar en la cancha nunca estuvo asegurado y debió remarla para demostrar que merecía estar entre los once, pero siempre fue cuestionado y hasta resistido por los hinchas de la banda, aún habiendo marcado un gol en un superclásico que valió un empate en la mismísima bombonera.

El ex Newell’s siempre apareció como posible a ser transferido en las épocas de receso, tuvo que esperar hasta el 2010 cuando quedó libre luego de que River le abonara una deuda pendiente y hasta soportar quedar fuera del Querétaro méxicano por no pasar la revisión médica, para recién si, en Febrero de este año, encontrar su lugar en la Major League Soccer, figurando primero como “jugador a prueba” y firmando días después su contrato con el Seattle Sounders FC.

Allí el es la máxima figura del plantel, lleva la 10 en la espalda y los medios locales no se cansan de alabarlo y de destacar su gran aptitud física para aguantar en los 90 minutos completos, su gran entrega en cada partido y no tienen objeciones acerca de que fue la mejor contratación del año del club y también de la liga.
Es sin lugar a duda, una historia más de aquellos jugadores que llegan a River con grandes expectativas, fracasan o no rinden lo esperado y luego vuelven a ser esos jugadores privilegiados, sea donde fuere, cuando abandonan Núñez.

La excepción a la regla

“River no descendió, ascendió la B Nacional
Así sus seguidores intentaban despegarse de su triste realidad, aunque la ayuda “grondivina” también haga lo suyo cuando recién van dos fechas.
Y los hinchas de River son los responsables de generar tanta locura y pasión, porque las camisetas ya no están en venta y en su lugar aparece el cartel de “Agotado”, tal equipo recientemente campeón.

Las entradas para los “hinchas neutrales” del último partido jugado ante Independiente Rivadavia, en Mendoza, fueron acaparadas por más de quince mil riverplatenses que alentaron como si fueran locales, pese a la prohibición vigente de asistencia de público visitante en el ascenso (veto ya inexistente, justamente por la presencia de River en la categoría).
La realidad marca que este Goliat se encontró con su peor David el fatídico “26-J”, día del descenso, y si bien ya superó a 3 y empató con otros 2, aún le quedan 33 de esos que querrán bajarlo, pero también hay un ser superior que lo ayuda y lo mantiene en su lugar de status privilegiado como tenía en primera.

La AFA se encargó de hacer las cosas de otra manera, por tratarse de un paciente famoso al que están atendiendo en esta “enfermería B”, comenzando por la irrisoria sanción de 8 amonestaciones (recién a las 12 se aplica quita de puntos, como sucedió con Nueva Chicago y Almirante Brown) y la NO clausura de su estadio (en la primera fecha jugó allí ante Chacarita con su público y es muy probable que vuelva a hacerlo ante Desamparados el próximo sábado).

El gobierno nacional presionó y logró quedarse con los derechos de transmisión de la B Nacional, poniendo siempre a River en “prime-time” de sábado y hasta con dupla de relatores establecida, generando así un rating mayor que el de los partidos de primera división.
Porque a este gigante le toca vivir una realidad diferente, donde muchos imaginaron que le sería muy complicado por visitar lugares insólitos, aunque su superior se encargó de programar sus partidos en canchas neutrales y de mayor capacidad de público, también para seguir llenando sus arcas con mayor recaudación.

No pudieron (o no quisieron) evitar lo que ahora, “sin querer queriendo” intentan arreglar, mediante varios beneficios que le generan facilidades para volver a ser.
River es grande, gigante, inmenso. No murió, está débil, en coma, pero de ser así con la cura de esta enfermedad en manos del otro interesado, le quedan 33 semanas para levantarse y seguir camino.

Burrito a la Argentina

Este Burrito no es mexicano, es de acá, de Ledesma (que no tiene que ver con el azúcar) de la provincia de Jujuy, República Argentina.
Este Burrito no se arma ni se prepara, se lo quiere y se lo idolatra, por su personalidad, temperamento, pero más aún su brillo y talento con la pelota.
Terco, aunque no zonzo, inteligente para declarar, pero no tanto para actuar, simple para conocerlo y complejo para desconocerlo.
Así es este Burrito, gallina de sangre, que nada tiene que ver con la música de los reconocidos cantantes de homónimo apellido, aunque alguna vez se le ocurrió cantar.

Tanto para querer como así tanto para criticar, porque sus actitudes infantiles y sus caprichos de adolescente lo privan de una vida de lujos y esplendor futbolístico, lo convierten en el centro de atención por su desorden y su principal enemigo, ese abogado del diablo al que no quiere largar, el alcohol, lo lleva y lo trae a piacere, negándole la oportunidad de quedarse a vivir, como alguna vez declaró, en su River querido.

Ariel Arnaldo Ortega es el mismo que se anima a picarla cuando sale a achicar un arquero (pregúntenle a Tauber, o a Saja sino...), aquel que no se pone nervioso al tirar un caño (un tal Paletta lo sufrió) y ese que toma carrera, llega a la pelota, se frena y le cambia la dirección al remate (ahí si, cualquier arquero fue victima en algún penal).
Conducir ebrio fue lo que más problemas le trajo, su vehículo pasaba más tiempo en el taller mecánico que en su propio garage y sus múltiples rumores de infidelidad provocaron la ira de su familia, que se alejaba de el.
A su vez, refunfuñaba cuando le tocaba salir del equipo, insultos por doquier cuando su destino inicial era el banco de suplentes y pobre el cielo, a donde dirigía sus malas palabras, si en ese partido no aparecía dentro de los concentrados.

Este Burrito brilló y fue protagonista, en la cancha sacaba a bailar a cualquiera y en las notas periodísticas era la estrella y figura de tapa
Como así también su vida privada, más conocida que su carrera, tenía cosas que contar.
Su adicción, la que nunca quiso tratar, lo depositó puertas afuera del club de sus amores, y su falta de compromiso lo llevaron a tener que ser parte de algún equipo de menor renombre, que aún se ilusiona con este lento y destrozado futbolista, solo por portación de apellido.
El gran Ariel, el fenómeno Ortega, ese de la pisada mágica, del quiebre de cintura, de gambetas entrañables, de olvidado paso por Europa y por el cual el hincha de River siente amor incondicional, con el que nunca se cansó de gritar campeón. El mismo que en el resto, por sus formas de llevar a cabo su vida, genera rechazo y desilusión de quien pasó de estrella a estrellado.
Este Burrito, no es un Burrito cualquiera, es jujeño y tiene nombre, el se llama ARIEL ORTEGA.